En varias ocasiones me he sentido en riesgo al tratar de tomar algunas fotografías. Una vez, en 1985, estando en la ciudad de Tucupita, capital del actual Estado Delta Amacuro (antes Territorio Federal) de Venezuela, me acerqué a un grupo de indígenas waraos que deambulaban por una calle y, al intentar enfocar para fotografiarlos, se abalanzaron sobre mí para quitarme la cámara. El susto fue grande… Corrí como pude y no dejé que me arrebataran la cámara. Por supuesto, no llegué a tomarles la fotografía. Luego me enteré que los indígenas tienen la creencia de que su alma es robada cuando son fotografiados. Sin embargo, esta explicación no concordaba con otras experiencias en las que algún indígena me solicitó dinero para dejarse fotografiar, lo cual nunca consentí.
Justamente en noviembre del mismo año 1985, durante un evento en Bolivia, nos llevaron a conocer una zona turística en las afueras de La Paz. Fuimos en grupo, en un bus, recorrimos una zona montañosa hasta llegar a una hermosa comunidad indígena con salientes rocosos y un río. Mientras los compañeros se acercaban al río, observé a lo lejos unas casas pintorescas cuyas paredes adornadas con potes de plantas de diversos colores resaltaban en la pequeña aldea rural. Me fui acercando hasta las casas para tomarle fotos. Poco a poco vi como algunos aldeanos indígenas se estaban acercando. Algunos me hablaban en su dialecto y, por supuesto, no entendía nada. A medida que se acercaban fui percatándome de que no eran amistosos. Manoteaban y hablaban en voz alta. Entonces, mi intuición me indicó que debía devolverme. Caminé muy rápido hacia donde estaba el grupo. La guía se percató que un grupo de aldeanos se acercaba con una actitud violenta. Nos indicó que nos montáramos rápido en el bus. Mientras nosotros corríamos hacia el bus, ellos lo hacían por el otro lado. Logramos montarnos todos, y los pobladores rodearon al bus, gritando, insultándonos y golpeando las puertas. La guía turística estaba sumamente nerviosa y le indicaba al chofer que saliéramos rápido. ¡Estábamos en gran peligro! El chofer aceleró casi atropellando a las personas. Fue una experiencia aterradora. Luego la guía nos explicó que los indígenas son muy recelosos con la visita de extraños y en oportunidades espichaban los cauchos o llantas a los buses, causando serios problemas a los turistas. Me sentí culpable. Todo comenzó por mi afán de tomar unas fotografías. Esto me ha enseñado que hay que ser más cauteloso a la hora de incursionar en territorio desconocido.
En 1990, estando de visita en España, recorría el Parque El Retiro con una amiga y observé cómo una pareja de marroquíes colocaban su mercancía en el suelo, sobre una manta, para vender a los transeúntes. La mujer negra con un traje típico de falda larga y colorida estaba totalmente inclinada sobre la manta, colocando sus productos. La imagen me resultó muy pintoresca y hermosa ya que representaba una escena única que no había observado en ningún otro lugar. Cuando enfoqué para tomar la fotografía, el hombre africano corrió para agredirme y quitarme la cámara, hablando en su lenguaje desconocido para mí. Sentí un gran terror. Le pedí disculpas mientras corrí con rapidez hacia mi amiga que me esperaba algo más lejos. Luego mi amiga me aclaró que los marroquíes tienen temor a ser fotografiados para evitar ser denunciados ante las autoridades pues en ocasiones realizan ilegalmente la actividad de vendedor ambulante.
Recuerdo algunos accidentes que me ocurrieron al practicar mi hobbie fotográfico. Estando de visita en París, en 1997, en lo alto de la Torre Eiffel, la cámara con la que había tomado muchas fotografías en la ciudad, dejó de funcionar. No entendí lo que ocurría. Lo mejor que se me ocurrió fue abrir la cámara para sacar el rollo, tratando de que la luz no develara las fotografías. Luego me enteré que el problema era por falla de baterías. Por supuesto, todas las fotos que había efectuado se develaron y las perdí completamente. El impacto que esto me ocasionó fue muy difícil de superar ya que el día anterior había logrado entrar en el Museo del Louvre donde tomé fotos a mi hija Valentina con la estatua de la Venus de Milo. Lo relevante de esa fotografía era que logré sacar una imagen de mi hija sola con la Venus de Milo, lo cual fue una verdadera proeza en un Museo donde cientos de turistas se aglomeran alrededor de cada obra de arte. Mi toma fue posible gracias a que era la hora de cierre del Museo y las personas ya estaban de salida, ante los insistentes anuncios de que había que desalojar en escasos minutos. Fue un momento mágico que jamás se podrá repetir… ¡Perdí la fotografía por una torpeza increíble! ¡Novatadas que dejan un mal recuerdo para siempre! En otro viaje, en 2009, pude tomar nuevas fotografías de la Venus de Milo, pero ninguna podrá recuperar aquélla que perdí…

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